Terror

El último adiós

FRENTE AL FUEGO

Eran las cinco y media de la tarde. Mis padres, mi hermana, mi tía Marisa, hermana de mi madre, su marido y yo, salíamos en silencio de la iglesia, después de que hubiera terminado la misa que se había celebrado en honor a mi abuelo, que había fallecido unas semanas antes.

Las luces de las calles comenzaban a encenderse y el frío calaba hasta los huesos, nos mezclamos entre los transeúntes. Algunos caminaban rápido, otros miraban sus smartphones algo distraídos… Me quedé mirando hacia un banco donde había un anciano sentado, cabizbajo, era muy parecido al abuelo, sobre todo, por su indumentaria y por la manta gris a cuadros que cubría sus piernas. Seguí caminando pero no pude evitar volver la vista atrás, aunque el anciano ya no estaba, ni se veía por ninguna parte, me quedé algo extrañada pero seguí mi camino junto a mi familia. Todos estábamos muy afectados, aunque a mi padre se le veía más que a ninguno. Desde que el abuelo falleció se quedó muy triste, apenas comía, no dormía bien… además de que pronto sería Navidad y el abuelo ya no estaría con nosotros, así que según nos dijo días antes, esas Navidades las pasaríamos como otro día cualquiera. Todos estuvimos de acuerdo con la decisión de mi padre. El nexo que había entre ellos era muy fuerte, porque además de ser padre e hijo, también eran los mejores amigos del mundo ¡Se parecían tanto que eran como dos gotas de agua!
Mi padre no conoció a su madre, ya que esta murió al nacer él. El abuelo tenía un retrato pintado en blanco y negro en su habitación colgado en la pared. Siempre me dio miedo aquella mujer que parecía estar observándome con aquella mirada oscura y penetrante, aunque yo sabía que era mi abuela, no la consideraba como tal, ya que no la llegué a conocer.
Mi padre dijo que le apetecía estar solo y caminar hasta casa. Yo lo observaba mientras lo veía alejarse, hasta adentrarse en un parque y le perdí de vista. Mi madre y mi hermana se fueron a casa de mis tíos y yo, me fui en mi coche camino de casa, lo único que me apetecía era ponerme ropa cómoda y sentarme junto a la chimenea.

Me puse un jersey de lana, unos leggings y unas zapatillas, cogí un libro y llené una copa de vino, después me senté frente al fuego. La butaca del abuelo seguía allí todavía, mi padre no quiso desprenderse de ella y últimamente era él quien se sentaba allí.
Fueron muchas las tardes que pasamos juntos el abuelo y yo, allí, al lado de la chimenea. Muchas veces me pedía que le leyese alguno de sus libros favoritos, otras, me contaba historias. Algunas quedaron archivadas en algún rincón de mi subconsciente cuando era pequeña, otras las recordaba tal y como me las contó el primer día. Pensé que me gustaría estar de nuevo a su lado escuchándolo, como cuando era una niña y lo miraba sin apenas parpadear, sonriente. Unas lágrimas cayeron sobre mi libro mientras retrocedía en el tiempo, veinte años atrás, cuando yo contaba con la edad de siete años.
—¿Qué quieren decir esas letras que hay grabadas en la puerta, abuelo?
—Son las iniciales del nombre de tu abuela, Sofi —me dijo el abuelo.
—¿Y porqué están ahí?
—Cuando adquirimos esta casa se me ocurrió grabarlas.
—¿Y también puedes poner mi nombre?
—Ja, ja, ja —reía el abuelo—. Por supuesto que pondré tu nombre si ese es tu deseo.
El abuelo cogió un objeto punzante y grabó mi nombre junto a las iniciales de la abuela, que también se llamaba como yo, Sofía, aunque a mí, todos me decían Sofi. Yo lo miraba sonriente y después apreté una de sus manos. Adoraba coger las manos de mi abuelo entre las mías, sus surcos ya eran evidentes por aquél entonces…
—¡Ya está! Aquí han quedado grabados los nombres de las dos mujeres que más he querido en éste mundo.
—¡No me dejes nunca, abuelo!
—Te prometo que siempre estaré a tu lado, mi pequeña Sofi.

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Suspiré y seguí leyendo, dándole de vez en cuando un sorbo a la copa de vino. A mi derecha había un ventanal, desde donde podía abarcar el jardín y la entrada de casa. Mi familia tardaba en llegar y ya eran las siete. Me comenzaba a preocupar, ya que comenzó a llover muy fuerte y el viento soplaba con intensidad, tanto, que las ramas de los árboles parecían querer destrozar los cristales para poder entrar. De repente el ventanal se abrió de par en par, la luz comenzó a parpadear hasta irse del todo. Comencé a sentir escalofríos, mi respiración era rápida, aún estando sentada, mi pecho estaba oprimido, era incapaz de moverme. Sentí un fuerte dolor en las piernas. Un viento helado llegó hasta mí y un suspiro de fatiga retumbó en mis oídos hasta el punto de hacerme gritar. Me sentí desvanecer cuando la silla de ruedas del abuelo comenzó a dar tumbos escaleras abajo, quedándose al final de estas mientras las ruedas seguían dando vueltas con aquél chirrido tan insoportable. La puerta de la habitación donde mi padre había dejado la silla después de morir el abuelo, no paraba de dar golpes. La butaca también comenzó a balancearse como si alguien estuviera sentado en ella. Saqué fuerzas como pude y fui a buscar una linterna por el salón con la luz de la chimenea. Salí corriendo hacia el ventanal y lo cerré. Vi como mi hermana y mi madre llegaban en el coche de mi padre, miraron hacia la casa mientras hablaban… La luz había vuelto y yo me sentía más tranquila, ya que siempre tuve miedo a la oscuridad.
—¿Qué mirabas, hija? —le preguntó mi madre a mi hermana, antes de entrar en casa.
—Nada, solo que me ha parecido ver a mi padre con alguien más junto al ventanal desde la calle.
—Seguramente habrá llegado ya, aunque no creo que haya venido con nadie a estas horas.

Me fui llorando hacia mi habitación, estaba muy asustada otra vez. En la casa estaba yo sola antes de que ellas dos llegasen o, al menos, eso creía… O quizás era mejor pensar que todo lo ocurrido allí dentro fue debido al fuerte viento. También pudo ser producto de mi imaginación, porque si no era así, el hombre que mi hermana había visto en el salón junto al ventanal, era mi abuelo ¡No!, ¡no podía ser!, me negaba a creerlo.
—¿Piensas que ha podido ser el abuelo?, eran tan parecidos… —le preguntó mi hermana a mi madre.
—Ya no sé que pensar, Elsa. Ya sabes que yo no creo en ese tipo de cosas…
—Pero mamá, estoy segura de que vi a un hombre de pelo blanco con alguien más junto a la ventana.
—No te lo voy a discutir, Elsa —las podía oír desde mi habitación…

Una mano me toca por detrás, me doy la vuelta lentamente hacia el otro lado de la cama. Delante de mí está sentado el abuelo en su silla de ruedas. Me mira fijamente sin decir nada. Subo mi mirada, una mano reposa en el hombro del abuelo. Mi boca está abierta sin producir ningún sonido, mis ojos de par en par y mis manos aprietan mis mejillas mientras miro a aquella mujer de mirada oscura y ojos penetrantes, vestida de negro, pendientes de perlas y con los labios pintados de rojo. Ella me mira y me susurra:
—Sofía, no me tengas miedo.
Solo es un sueño, repito una y otra vez, pero no logro despertar de aquella pesadilla.
El abuelo se levanta de la silla de ruedas, está mucho más joven. En uno de los dormitorios de su casa se oye un niño que llora dentro de una cuna, pero la abuela no lo coge entre sus brazos. El abuelo se acerca a la cuna y coge al bebé, le dice a la abuela que es su hijo e intenta ponerlo entre sus brazos, pero ésta le dice que no una y otra vez. Un rayo alumbra el rostro de la amargada mujer, que le dice al abuelo:
—¡No quiero a ese niño por ser hijo tuyo! ¡Te odio! ¡También odio a mi padre por haberme obligado a casarme contigo! ¡Déjame en paz! ¿Acaso no te das cuenta de que no me encuentro bien?
—¡Cógelo entre tus brazos! ¿Es que no tienes corazón?
—La abuela sale de la habitación y se queda en lo alto de las escaleras, camina hacia atrás, ya que no soporta ver al niño.
—El abuelo intenta ponerle a su hijo una vez más entre sus brazos, pero esta lo rechaza de nuevo y da un paso en falso por las escaleras, saliendo rodando mientras grita, hasta llegar al final…

Estoy en lo alto de las escaleras observándolo todo. El abuelo grita su nombre una y otra vez, pero su mujer yace en el suelo con un charco de sangre que mana de su cabeza.

Estoy otra vez en mi habitación y oigo a mi padre entrar en casa, después, mi madre y mi hermana le cuentan lo sucedido… Todos están sentados frente al fuego. Los abuelos bajan las escaleras mientras yo los observo desde arriba. Se acercan a mi padre y lo besan, después a mi hermana y a mi madre. Siguen allí de pie, junto a ellos, pero estos no se dan cuenta de su presencia. La abuela besa otra vez a mi padre.

Los abuelos están de nuevo frente a mí. El rostro de mi abuela cambia y me sonríe, al igual que mi abuelo mientras me extiende su mano.
¿Qué más da si es un sueño o una aparición? ¿Acaso no es un amor intenso lo que siento en este mismo instante?
Todos mis miedos han desaparecido y yo, también les devuelvo la sonrisa, después le doy mi mano al abuelo mientras voy saliendo de mi coche que está completamente destrozado en el fondo de un barranco, y los tres caminamos detrás de todos aquellos transeúntes que van subiendo peldaño a peldaño las escaleras de la esperanza.

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