Terror

Deseada

9DC

2º Relato del Libro: Lóbrego

—¿Le gusta esta cámara de fotos, señor? —me preguntó aquél anciano dueño de la tienda de antigüedades, al ver que llevaba un rato observándola.
—No está nada mal, tan solo miraba  —le respondí.
—Es una verdadera ganga, señor, y una verdadera joya; es una cámara de fotos del siglo XIX, aunque como todos los objetos que hay aquí, tiene su historia. Lo mismo después de oírla, usted ya no está interesado en ella.
—Sí, ya sé que es una cámara muy antigua. Y veo que usted cree en las historias paranormales sobre los objetos de las tiendas de antigüedades, aunque no creo que nada me haga cambiar de idea respecto a la cámara, es toda una reliquia que no me canso de mirar, me tiene atrapado. Aún falta para que usted cierre la tienda, aunque ya es de noche, tengo tiempo para que me cuente su historia, mi familia y yo salimos a pasear un rato —le dije al anciano.
—¿Qué sería de una tienda de antigüedades sin la historia de sus objetos? Muñecas de porcelana, cámaras de fotos, muebles, cuadros, espejos… —me respondió él anciano.
—No me dejo impresionar tan fácilmente, se lo puedo asegurar, pero ¿a usted no le da miedo estar aquí dentro? Puede estar rodeado de fantasmas que no ve, pero ellos a usted sí  —le dije al anciano, sonriendo.
—No, no tengo miedo, esta tienda era de mi abuelo, después pasó a ser de mi padre, y así sucesivamente, ellos siempre me contaban historias sobre los objetos de esta tienda, pero la cámara de fotos es uno de los que lleva mas tiempo por aquí. Me gustaría contarle la historia también a su familia ¿No me dijo que venían con usted?, así se animan y compran la cámara u otra cosa; mire a su alrededor, ¿acaso no hay verdaderos tesoros aquí dentro?
—Sí, por supuesto, aunque mi familia está en la tienda que abrieron nueva aquí al lado, sentían curiosidad por verla, seguro que aún tardarán en venir.
—¿Son nuevos en el barrio?, nunca le había visto.
—No, llevamos mucho tiempo aquí, será que nunca nos hemos cruzado.
—Pues me alegro de que al fin se haya decidido a entrar en nuestra humilde tienda.
—¿Nuestra, ha dicho usted? —le pregunté al anciano.
—Sí, ahora la lleva mi hijo, yo solo le acompaño para que no esté solo, nunca me he separado de él.
—¿Y dónde está su hijo?
—Debe de estar en la planta de arriba ordenándola, o con algún cliente. Y ahora le voy a contar la historia que se esconde detrás de esta cámara:

Ella se llamaba Desirée, fue una hija muy deseada. Cuando su madre descubrió que estaba embarazada y se lo dijo a su esposo, no se lo podían creer, pues el matrimonio había perdido toda esperanza de tener hijos después de llevar diez años de casados. Por fin tendrían un heredero.
Desirée era muy bella, pero tan frágil, tan pálida, como una muñeca de porcelana, apenas asistía a fiestas con sus padres, alguna que otra vez acudía con su madre a algún salón a tomar té, con algunas amigas. La mayor parte del tiempo lo pasaba en casa leyendo. Cuentan que Desirée estaba obsesionada con el más allá —¿Quizás debido a su estado de salud? — nadie lo sabía, pero muchos de sus libros hablaban sobre eso. Y sus escritores favoritos solo escribían sobre ese género..
Nunca nadie sospechó que Desirée estaba enferma, pues su color de piel y su palidez eran normal en aquella época, donde estaba de moda en las señoritas de alta cuna tener la piel del color de la nieve, y hacían lo imposible para resguardarse del sol. Sus padres siempre pensaron que si decían que su hija nació enfermiza y con el corazón débil ningún hombre se fijaría en ella jamás, aunque fuese muy bonita y rica.

A través de un diario, el padre de Desirée encontró la dirección de la clínica del famoso doctor Robert Smith, al que solo acudía gente adinerada.
Desirée comenzó a ir a la consulta del doctor Robert Smith, y cada vez eran más continuo, pues necesitaba la medicación todas las semanas, sus padres la acompañaban  siempre, y pagaban al doctor una fuerte cantidad de dinero por cada visita.

Una cálida tarde del mes de mayo se celebraba en el jardín de la mansión el cumpleaños de Desirée: dieciocho primaveras. Asistieron todas las amistades de la familia, un círculo muy amplio. También estaba de invitado el doctor Robert Smith, pues éste al igual que tantos, se había fijado en la chica más deseada y rica de la zona, y esa misma tarde se lo hizo saber a sus padres, estos estuvieron de acuerdo, aunque le dijeron que eran muchos los hombres que pretendieron a su hija en vano…
La señora Selina, contrató a un fotógrafo llamado Alan, para recordar el feliz día del cumpleaños de su hija. No todo el mundo tenía el privilegio de tener fotografías el día de su cumpleaños en aquella época, ni había muchos fotógrafos en Kelteiston, la pequeña ciudad a la que pertenecían.
Desirée estaba tan bella que Alan la deseó desde el mismo momento en que la vio, y se las ingenió para entablar una larga conversación con ella hasta el anochecer. Y, como el mejor encantador de serpientes la conquistó aquella misma noche. Tenía simpatía, atractivo… todo lo que ella buscaba en un hombre. Y, a escondidas, siguieron viéndose día tras día, adentrándose en las interminables tierras que rodeaban la mansión, en una casa al lado del lago.
Desirée sabía que sus padres jamás aceptarían la relación, aunque tampoco le contó nada sobre su estado de salud a Alan, no quería perderlo, pero en realidad, Alan sabía que Desirée era frágil, y que a veces lo escondía debajo de una sonrisa. También sabía, que se desvivía por él. Y que él, últimamente sentía unos deseos incontrolables de estar con ella, y le pedía que se vieran más a menudo. —¿Sería que la necesitaba? Mentiría si dijese que Desirée no le importaba, pues era feliz con tan solo verla. Ya era parte de su mundo. Era su esencia, lo más hermoso que le había sucedido jamás.

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El señor Henry comenzó a sospechar de las salidas de su hija, al ver que desaparecía  todas las tardes hasta el anochecer, y su comportamiento no le parecía normal, ya que ella, apenas salía de la mansión.

Una tarde, el señor Henry siguió a su hija y descubrió todo. Cuando Desirée y Alan salieron de la casa del lago, ya se estaba haciendo de noche. El señor Henry seguía merodeando por allí, los siguió, y agredió a Alan, después lo intentó rematar con una gran piedra, las súplicas de su hija hicieron que reaccionase antes de aplastarle a Alan la cabeza…

A partir de aquella tarde los padres de Desirée decidieron que ésta no saldría de su habitación hasta que se olvidase de Alan, y echaron la puerta con llave. Los únicos que entraban en la habitación eran los sirvientes de la casa, sus padres iban muy pocas veces a ver a su hija, pues estaban muy decepcionados de ella, ni el amor que le tenían hizo que reaccionasen ante la injusticia que estaban cometiendo con ella.
Desirée se encontraba más débil, debido a que estaba embarazada, algo que afectaba aún más a su salud, aunque lo que más temía era cuando llegase el día en que sus padres lo descubriesen. Y cuando su madre se dio cuenta se enfadó mucho con ella diciéndole que había puesto en riesgo su salud, que ese hijo no le traería nada bueno, y que lo mejor sería que lo perdiese, que ella conocía a alguien que le proporcionaría unas plantas, solo tendría que tomarse una infusión y todo se acabaría… pues nadie se podía enterar de aquello, ni tan siquiera el  doctor Robert Smith, ya que perdería todo tipo de interés por ella. Desirée lloraba y le rogaba a su madre que no podía perder a su hijo, ya que estaba en un estado muy avanzado. También le pidió que le llevase a un médico, para que la reconocieran a ella y a su bebé, aunque no fuese el doctor Robert Smith, pero su madre se negó.
—¿De cuantos meses estás embarazada? —le pregunto a Desirée su madre.
—Aunque parezca que estoy de menos tiempo, mi embarazo es de seis meses. Me he estado poniendo ropas muy ajustadas para disimular, pero ya no puedo estar así, no quiero hacerle daño a mi hijo.
—¡Ese hijo nunca será bienvenido en nuestra familia! ¡Nadie se puede enterar de tu estado!, el día que ese niño nazca, tendrás que deshacerte de él.
—Mi hijo es inocente, madre. Él no tiene la culpa de nada. Tampoco me arrepiento de lo que hice, yo amo a Alan. Lo siento mucho, pero no me voy a deshacer de mi hijo ¿Qué clase de monstruo es usted? ¿Duerme con la conciencia tranquila por las noches, madre?
—¡Nunca más nombres a ese hombre en esta casa! ¡Y no soy ningún monstruo!, tú sabías que era arriesgado para ti tener hijos ¿Acaso no te has mirado  en el espejo?, no se te ve nada saludable.
—Sí, madre. Me he mirado en el espejo muchas veces, y veo a una mujer que a pesar de permanecer encerrada, de estar débil, intenta mantenerse fuerte, feliz con el bebé que lleva dentro, y es lo único que me importa.
—¿Acaso crees que tu padre va a aceptar que ese niño se críe en esta casa? El mismo día en que nazca nos desharemos de él si tú no quieres hacerlo;  después, te buscaremos un marido, ya rechazaste a demasiados hombres ¡No volverás a ver nunca más a ese tal Alan! ¿No entiendes que no es de tu misma clase social? ¿Qué te puede ofrecer? ¿Acaso te ha vuelto a buscar? ¡No ha querido saber más nada de ti! ¡Es un pobre infeliz!

Desde que el señor Henry se enteró del embarazo de su hija a través de su esposa, no subió más a la habitación, se volvió aún más frío con Desirée, a la que había adorado tanto.

Desirée seguía pensando que Alan la buscaría, pero no supo más de él, seguramente se desinteresó de ella, como le dijo su madre.

Eran las once de la noche, y Desirée se puso de parto. La luna estaba llena, y según las creencias, algunas personas perdían sus facultades mentales bajo el influjo de ésta. Era la noche en que todo podía suceder: crímenes, hechizos…
Ni los gritos de dolor de Desirée, hicieron que el corazón de sus padres se ablandase, estos esperaban impacientes en el pasillo, justo al lado de la habitación de su hija, a que el bebé naciera, para poder llevárselo de allí y enviar a algún sirviente para que lo abandonase bien lejos de la mansión; el sitio daba igual.

Después de unas horas, Desirée parió un varón, sola, igual que un animal, no tuvieron compasión de ella. El señor Henry no podía soportar el llanto del bebé, y sintió la tentación de entrar en la habitación y estrangularlo con sus propias manos, pero cuando estaba a punto de abrir la puerta, su mujer le dijo que tuviera paciencia, que una sirvienta iba a entrar en la habitación de Desirée, y en breve, cumpliría con la orden…
Ya en la habitación, la sirvienta ayudó a Desirée a levantarse de la cama y a asearse, y la sentó en un sillón mientras le cambiaba las sábanas, apenas podía sostener a su hijo entre sus brazos. La sirvienta ayudó a acostarse de nuevo a Desirée, su hijo estaba a su lado, pero minutos después, al ver que dejó de llorar y no se movía, lo cogió entre sus brazos, y con cara de espanto pudo comprobar que el bebé había fallecido. Los gritos desesperados de Desirée se podían oír incluso fuera de la mansión.

Todos quedaron callados e inmóviles, los sirvientes, sus padres. El disgusto de perder a su pequeño, hizo que el corazón de Desirée se parase para siempre.

La sirvienta informó a los padres de Desirée, de que esta acababa de fallecer.
La señora Selina enloqueció, gritando y llorando, ante la impotencia de ver a su hija muerta y no poder hacer nada por ella.
—¿Pero qué hemos hecho? ¡Esto se nos fue de las manos! ¡Hemos enloquecido! ¡Era nuestra hija! la que un día deseamos tanto tener a nuestro lado, a la que cuidamos y queríamos más que a nuestra propia vida, y ni tan siquiera hemos permitido que la viese un médico en todos estos meses  —exclamó el señor Henry, que salió corriendo hacia el lecho donde yacían su hija y nieto muertos, cogió a Desirée entre sus brazos llorando y le pidió perdón. Después, mandó parar todos los relojes de la casa, para que marcasen la hora en que falleció su hija.

El señor Henry y la señora Selina se vistieron de luto riguroso, mandaron cerrar todas las cortinas de la casa, cubrieron todos los espejos con telas negras, pues había una creencia, de que si no lo hacían, el espíritu del difunto quedaría atrapado en ellos para siempre. Solo faltaba algo por hacer…

Eran las dos de la madrugada, Alan dormía plácidamente cuando alguien tocó en la puerta de su casa. Se levantó, abrió, y no había nadie, dirigió su mirada hacia el escalón que había en la entrada, y allí había una nota, se agachó a recogerla, y sintió escalofríos.  En la nota decía, que tenía que ir a hacer una fotografía. No se lo pensó mucho, pues era su trabajo, y supuso, que si lo habían llamado a él, era porque no habían encontrado a nadie más… Alan sintió  una mano helada acariciando su cara, después escuchó como le susurraban al oído: ¡no vayas!. A Alan, se le encogió el corazón, mientras un frío repentino recorría todo su cuerpo de nuevo ¿¡Era la voz de Desirée!? No, no podía ser su voz — seguramente seguía adormilado —se dijo.

Cuando Alan llegó y vio a Desirée sentada, mirando fijamente a la nada con su hijo entre sus brazos, comprendió todo, y cuál era su trabajo. Esta vez, no era una foto cualquiera, era una de las fotos que él solía hacer casi siempre, pues en realidad, en eso consistía parte de su trabajo, y de hecho, se anunciaba en un diario ofreciendo sus servicios, para así tener más clientes.
El señor Henry se acercó a Alan y le pidió disculpas por haberlo agredido, y le extendió la mano. Alan se tragó su orgullo y aceptó las disculpas. El señor Henry le contó a Alan que su hija siempre estuvo muy delicada de salud, a pesar de estar en manos de los mejores médicos… Y que no sobrevivieron ni el bebé ni ella después del parto. Alan guardó silencio.
—¿Quiere una taza de té?, mi esposa y yo acabamos de tomarnos uno mientras esperábamos a que usted llegase, alguno de los sirvientes debió de haberlo dejado preparado antes de irse, pues les dimos unas horas libres, hasta por la mañana, queríamos estar solos a la hora de posar en la última fotografía de nuestra hija, aunque no entiendo como le han dado tan pronto el recado, apenas hace veinte minutos que se fueron.
—Gracias, creo que me hará falta. No me dieron ningún recado, dejaron una nota en la puerta de mi casa  —le dijo Alan al señor Henry.
—¡Qué extraño! —exclamó el señor Henry.
—Pues si es como usted dice, ¡sí, es muy extraño! —exclamó Alan.
—¿Oyes a ese pájaro? —le preguntó el señor Henry a Alan.
—Sí, y da miedo oírlo —le respondió Alan.
—Es un pájaro mensajero. Estos pájaros anuncian cuando alguien va a morir, debe de ser por la muerte de Desirée y de vuestro hijo— dijo el señor Henry.
—Pero Desirée, hace rato que falleció —dijo Alan.
—Sí, mejor no sigamos pensando más en ello… es siniestro su canto —dijo el señor Henry.

Alan, no se sentía bien, pero aún así, se dispuso a hacer aquella fotografía. Desirée era sostenida por un soporte, así su cabeza se mantendría firme, su hijo estaba entre sus brazos. Alan lo arregló todo para que se quedase bien sujeto, después, le dio un beso a Desirée y otro a su hijo.
—Os he perdido por mi culpa, por mi inmadurez. Os amo a los dos, espero que desde donde estéis, podáis llegar a perdonarme, siempre os llevaré muy dentro de mí, ni la ausencia ni el tiempo hará que os olvide. Siento que moriré a cada paso sin vosotros, aunque tenga que seguir viviendo  —dijo Alan llorando, después se acercó a su lado la señora Selina y le dijo:
—Todos somos culpables, de nada sirve lamentarnos ahora.

Alan no podía dejar de contemplar a Desirée, después la maquilló y puso un pegamento especial en sus párpados, así, sus bellos ojos verdes quedarían bien abiertos, como si estuviera mirando hacia la cámara de fotos. Desirée era igual que una muñeca: bella, fría, sin vida, que lo miraba fijamente desde su sillón favorito, donde pasaba horas leyendo historias oscuras. Sus padres posaban junto a su hija, de pie, cada uno a un lado del sillón.
Alan sentía un nudo en la garganta que parecía querer ahogarlo, Desirée, parecía estar mirándolo de verdad, debía estar desvariando. Era muy distinto hacer ese tipo de fotografía a personas que no conocía de nada, pero con Desirée era diferente, se le partía el alma en mil pedazos tan solo con mirarla. Y en ese mismo instante se dio cuenta de que su trabajo era espeluznante, que no había nada de bonito en recordar a alguien de aquella manera, aunque a todo el mundo le pareciera normal. Y se dijo, que esa fotografía, sería la última que haría.

Después de un largo rato de exposición, Alan pudo observar a través de la cámara que Desirée sonreía, lo miraba a él, y después a su bebé. Sus padres también miraban a su hija y nieto, y sonreían, al lado de estos se podía ver una figura borrosa envuelta en una túnica de color negro, que luego se convirtió en mariposas del mismo color, y revoloteaban por la habitación. De fondo se oía la fuerza del viento, que parecía querer derribar los cristales para entrar en la habitación y el siniestro canto del pájaro mensajero, que los acompañaba en aquella eterna madrugada. Todo era diferente al mirar por aquella cámara que parecía estar endemoniada, como él la llamó, cuando vio aquello.
Sin saber por qué extraña razón lo hizo, Alan dejó de mirar por la cámara y se acercó a ellos, sintió que su lugar estaba allí.—¿Qué estaba pasando? —se preguntó.
Y entonces, la cámara hizo la fotografía familiar.

Cuando llegaron los sirvientes, encontraron a Desirée en su sillón con su hijo entre sus brazos. Alan estaba sentado en el suelo de rodillas y con la cabeza echada en el regazo de Desirée. Cuando uno de los sirvientes le dio la vuelta a Alan, para ver que le ocurría, comenzó a gritar del horror… A Alan le habían arrancado el corazón y éste estaba en la mano izquierda de Desirée, sangrando sobre su vestido blanco.
En otra parte de la habitación encontraron un baúl de tamaño medio rodeado de cadenas y candados, pero a la servidumbre le fue imposible abrirlo, y tuvieron que ir en busca de las autoridades. Una vez abierto el baúl, pudieron ver que dentro de éste, estaban el señor Henry y la señora Selina. Sus manos estaban echas añicos y de ellas brotaba mucha sangre, les habían arrancado las uñas. Sus cuerpos estaban doblados, parecían de goma, estaban rotos por todas partes, Todo apuntaba a que fue Desirée, que regresó aquella misma noche de luna llena para vengarse de ellos, pero ¿Quién iba a acusar a un fantasma?

Algunos cuentan que sus almas siguen atrapadas dentro de la cámara de fotos, pero que la última fotografía que fue tomada por esta cámara existe, ya que al investigar el caso, tuvieron que revelarla, y después, fue entregada a un hermano del señor Henry, el cuál, la guardó en un lugar donde no fuese encontrada, pues nadie se pudo explicar lo que reflejaba aquél instante en que se detuvo el tiempo más allá de la muerte, y captó la imagen de Desirée junto a Alan, su hijo y sus padres, todos sonriendo como una familia feliz, y nadie al otro lado de la cámara.
Dicen que la vieja mansión permaneció igual que el día en que todo ocurrió. Los relojes siguieron marcando la misma hora del fallecimiento de Desirée, los espejos siguieron tapados, las cortinas siguieron cerradas… los familiares nunca vendieron la mansión.

—¿No se ha puesto a pensar que a lo mejor en el momento en que fue tomada esa fotografía era cómo todos ellos se sentían realmente?, quizás fueron felices, aunque fuese tan solo en ese instante  —le dije al anciano.
—Puede ser como usted dice ¿Cree en el perdón? —me preguntó el anciano.
—Creo en el arrepentimiento —le contesté.
—¿Quizás porque es usted buena persona y sabe perdonar?
—No, porque yo también cometí errores en el pasado, y si hubiera tenido un poco más de valentía, ella no hubiera muerto. Me envió una carta contándomelo todo, ¿sabe?, pero yo no hice nada para impedirlo, tenía miedo de enfrentarme a la realidad, aunque cada día me sentía morir.
—¿Ella?
—Sí. Y si yo hubiera hablado con sus padres, les habría dicho que yo también era rico, pero que siempre renegué del dinero de mis padres porque quería vivir mi propia vida, lejos de ellos. Siempre fui un aventurero que iba de un lugar para otro con su cámara. Yo no estaba preparado para formar una familia, solo cuando los vi sin vida comprendí todo. Pagué muy caro por ello, pero ya no importa, ella me perdonó.
El anciano se quedó callado por un instante, aunque no sorprendido.
—¿Fue Desirée? —me preguntó el anciano, ansioso por saber la respuesta.
—No, Desirée no hubiera sido capaz de aquello aunque hubiera regresado de la muerte. Fue el doctor Robert Smith. Estaba enfurecido porque Desirée llevaba mucho tiempo sin aparecer por la consulta, había perdido mucho dinero, además de estar obsesionado con ella. Se enteró de lo que le hicieron sus padres… él ya sabía que Desirée estaba embarazada, pues días antes de su encierro, Desirée había estado en su clínica, como siempre, y en unas pruebas que le hizo, salió lo de su embarazo. Él estaba aquella noche dentro de la casa, sabía que Desirée estaba a punto de dar a luz, aunque no llegó a tiempo para evitar la muerte de Desirée y de nuestro hijo. Se debió de volver loco. Preparó el té, en el cuál echó alguna droga para hacernos delirar antes de… Él envió a uno de sus sirvientes para que me dejase la nota. Aún me parece estar oyendo los últimos latidos de mi corazón mientras me lo arrancaba con sus propias manos.
—¿Quién hizo aquella última fotografía si no había nadie detrás de la cámara?
—No lo sé —le contesté.
—¿Usted cree que la lente de la cámara tuvo algo que ver al no estar cubierta por ninguna tela negra? ¿Quizás su reflejo?  —me preguntó el anciano, algo pensativo.
—Puede ser, amigo mío, era noche de luna llena, igual que esta noche, donde todo puede suceder… Por cierto, ya hace rato que su hijo apagó todas las luces y cerró la tienda.
—¿Volveremos a coincidir aquí de nuevo? —me preguntó una voz que oía a lo lejos, pero ya no recordaba de quien era. Seguramente sería algún alma sin rumbo. Solo quería traspasar aquella puerta, ellos me esperaban. Tenía la necesidad de caminar hacia ninguna parte, pero siempre al lado de ella, mi querida Desirée, que supo perdonarme, viéndome perfecto aun siendo el ser más imperfecto.

A veces vago por lugares que desconozco, y ellos conmigo. Es un sueño del que quiero despertar, pero no puedo. El camino se hace largo, y no sé hacia donde vamos, a veces se me olvida de donde venimos, pues cada vez llegan más lagunas a mi mente. Me pregunto que, hasta cuando va a durar esto. Solo sé, que siempre estamos en el lugar donde ella está. Fuimos su última fotografía, lo que ella quiso que fuéramos en aquél instante, nosotros: sus espectadores. En ella se quedaron atrapadas nuestras almas. Y todos pudieron ver a una familia feliz que quedó inmortalizada para siempre. Todos fuimos culpables de la muerte de Desirée y de nuestro hijo. Y ella ya sabía, que en la fotografía post morten de Desirée, estaríamos todos acompañándola para siempre.

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