Misterio

La última función

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Me quedaba una botella de Whisky, un paquete de cigarrillos, el frigorífico estaba medio vacío, y mi mano sujetaba mi Beretta 92, dirección: mi cabeza. Siempre quise tener una pistola semiautomática, aunque nunca pensé en serio que terminaría apuntándome yo con ella.
Quizás los malos argumentos de mis novelas y guiones sobre el género negro me llevaron a ello… Un ratón ocupa se paseaba por la casa buscando algún resto de comida;  terminó siendo el alimento de Coronel, mi gato, que como dice el dicho: ¡A buen hambre no hay pan duro! ¿O lo decía mi abuela? ¡Qué más da! En realidad, Coronel no era mío, era un gato callejero que entraba por la ventana y casi siempre estaba en casa. Una noche en que escribía se me ocurrió el nombre de Coronel, me gustó, aunque no sé por qué, lo mismo es que no se me ocurría nada que escribir y solo se me vino a la cabeza el nombre del gato.  Pronto me abandonaría… nunca mejor dicho, ya no tenía ni para echarle una lata de sardinas ¡Qué más daba!, yo estaría dentro de nada rindiéndole cuentas a San Pedro, o a Satanás en las puertas del infierno, incluso en el mismísimo limbo, aunque mis padres siempre me dijeron que me bautizaron con el nombre de Jacob a los ocho meses de haber nacido, lo recuerdo muy bien, no el día de mi bautizo, pero sí cuando me lo dijeron mis padres. ¡Quien sabe a que lugar iría!, tampoco me importaba mucho. En unos días me cortarían la luz, la televisión de pago, el wifi, los teléfonos… un verdadero desastre y una crisis “con mayúsculas”. Aún no había vendido mis gemelos y reloj de oro, aunque sí lo había pensado, además de otras posesiones.
Últimamente no me respondían de las productoras, solo una vez me contestaron, pero según ellos, mi guión era un desastre. Me dijeron que en el argumento había poco relato policial, poca intriga; las pistas eran poco sutiles, así que los mandé a paseo, aún siendo mis amigos. Al productor, al director y a todo el que me encontré el día en que fui a la productora.

Siempre fui un pésimo escritor, o lo mismo no tuve mucha suerte. Los amigos que aún no había mandado a paseo, ya estaban cansados de oírme, decían que tenía que ser más positivo, que magnificaba mis problemas, que así me iba a enfermar y rendiría menos en el trabajo y tal y tal…
—¿A qué trabajo os referís, si os envié mi guión hace un tiempo y no me habéis hecho el más mínimo caso? — les pregunté a dos de ellos que vinieron de visita una noche cualquiera, después los invité a abandonar mi humilde hogar, si querían beber whisky, que se lo tomasen en sus casas o en el bar ¡Encima quejándose de que no había hielo! ¡No se podía tener la cara más dura!
Aún recuerdo cuando escribí mi primer libro, a ninguna editorial le interesó, tan solo el dinero que pagué por ellos, era lo que realmente buscaban… Y a mí, se me fueron los pocos ahorros que tenía. Vendí algún libro por internet, me sobraron bastantes, aún quedan unas cuantas cajas en algún lugar de la casa. Me prometí a mí mismo, que la próxima vez que escribiese un libro sería escritor indie que no se dejaría engañar de nuevo.
A veces, trabajaba de escritor negro, en alguna revista; incluso llegué a escribir los horóscopos en esta última ¡Para inventar horóscopos estaba yo!, pero me las tuve que ingeniar y escribir lo primero que me venía a la cabeza, casi siempre estaba borracho ¡Pobre de aquél que se los creyese! Los comentarios de las personas que frecuentaban la página eran crueles, la gente es demasiado crédula, y luego, pasa lo que pasa  ¡Pero así sacaba algo para el sustento de cada día!, aunque no para lujos.

Coronel, llevaba un rato desaparecido, seguramente estaba cazando algún ratón en algún callejón del barrio, o aquí conmigo no sobreviviría. Eran las once de la noche y algún minuto más;  yo seguía allí sentado en el suelo, lamentándome de mi mísera vida y echándole valor a meterme un tiro en los sesos mientras tomaba un trago de whisky. De esa noche ya no pasaba ¿Para qué ver otro nuevo amanecer? ¡Si el día siguiente iba a ser igual! Tengo que confesar que lo intentaba todas las noches, pero aún me faltaba el valor suficiente para meterle una bala a mi pistola, aunque así me entrenaba… Me sentía como uno de mis tantos personajes, esos tíos duros que siempre van con un arma en la mano disparando a discreción, pero el final de los héroes era terminar felices, siempre sobrevivían, el final de los villanos, o los llamados antagonistas, era morir. Pues aquella noche yo era el antagonista de mi propia historia, porque no había protagonista ¿O tal vez si?

Coronel entró por la ventana, lo miré y vi que sujetaba con sus dientes un papel.
—Acércate gatito, —le decía. Y él se acercó a mi lado, restregándose con cariño.
¡Que gato más capullo!, lo que traía en la boca era un sobre.
—Miau —me dijo, en realidad no sabía decir otra cosa, era un gato, aunque no cualquier gato. Coronel, traía un sobre con mil doscientos euros dentro. Sería la pensión doble de alguna de mis vecinas mayores, Coronel solía visitar mucho a Rebeca, ya que ésta le ponía un plato con comida en alguna parte de la casa algún que otro día, aunque yo siempre sospeché que se lo servía en la misma mesa, para así no comer sola. ¿Ahora que hacía, se lo devolvía? ¡Pues iba a ser que no! Rebeca se pasaba los fines de semana en el bingo y bebiendo chinchón, y no precisamente como digestivo; así que, ¡yo, no sabía nada…!, tanto vicio no le hacía bien a una señora mayor.
—¡No sabía que eras tan listo y tan chorizo, amigo! —le dije a Coronel riendo.
—Miau me contestó mientras me miraba —No sabía decir otra cosa, era un gato.
Desde mi casa podía oír a mi vecina Rebeca llorando y gritando —¡Me han robado! ¡ Me han robado! — se debió de desmayar pues tuvieron que ir más vecinos a reanimarla, la pobre mujer se había quedado sin dinero para sus vicios de fin de semana.
—Miau —decía Coronel mientras yo lo miraba impresionado.
—¡Va a ser que el mejor amigo del hombre también es el gato!, no toda la fama se la va a llevar el perro —dije mirando a Coronel.
—Quédate aquí, amigo, voy a ver si compro algo para comer, algún comercio o algún bar quedará abierto a estas horas.
—Miau, miau —me respondió Coronel, no sabía decir otra cosa, ¡era un gato muy listo!

Me sentía bien tomando el poco aire que hacía en aquella noche del mes de julio, me gustaba pasear por las noches. Entré en un bar donde compré unas cervezas y dos bocatas de calamares, uno  para Coronel y otro para mí ¡Coronel se lo había ganado!, después me fui a un parque y me senté en un banco para comer allí tranquilo, me apetecía estar en la calle. Mientras me comía el bocata de calamares y me bebía las cervezas, pude ver a un chico de unos dieciocho años que rebuscaba en un contenedor de basura que había allí al lado. El chaval sacó algo de comida y un libro, se sentó en la acera, cuando intentaba comer lo que encontró, le dije que se acercase a mi lado, y le di el bocata de calamares de Coronel. El chico me dio las gracias y se alejó con el libro en la mano, pude ver el libro, era  “El Principito”  ¿A quién se le ocurriría tirar un libro tan valioso? ¡Es mi libro favorito!, sí, tengo que confesar que me pongo algo sensible cuando lo leo, pero luego se me pasa.

Cuando terminé de comerme el bocata de calamares y de beberme las cervezas, seguí caminando, y al pasar por donde había estado el chico, encontré tirada en el suelo una entrada de circo que recogí, no sé para qué, era tarde y no me apetecía ir a ningún circo, tampoco me gustaban los circos.
Seguí caminando recto, y después me desvié hacia un callejón, por el cuál no había pasado nunca, pues se oía a alguien toser muy fuerte y quejarse. Un mendigo que estaba sentado en el suelo, de rostro triste y sucio, me miraba. Me acerqué a aquél hombre, y me senté a su lado. Pude comprobar que no llevaba zapatos, y que sus pies estaban llenos de heridas, además de la gripe que tenía. Miré mis zapatos, estaban nuevos, me costaron bastante caros, pero eran otros tiempos, y me podía permitir el lujo de comprar cosas caras, aunque si dejaba algunos vicios estaba claro que tendría para vivir algo mejor.
Conservé mis calcetines negros, y me quité los zapatos, luego, se los ofrecí al mendigo. El hombre me sonrió sin decir nada, pero con su sonrisa tuve suficiente para sentirme bien, aunque mi curiosidad pudo más y le pregunté, que qué hacía sin zapatos y tirado en la calle, una pregunta muy tonta con los tiempos que corren, pero la hice.
Ellos me dejaron sin nada, me dijo el hombre bajando la cabeza.
—¿Quienes son ellos? —le pregunté.
—La gente del circo, mira el cartel que hay allí enfrente.
Miré el cartel del circo, me alejé de allí, y seguí caminando, pues tenía demasiada curiosidad por ver el dichoso circo.

Llegué a un descampado, aunque ya era tarde, pero aún seguía el circo. Decidí entrar para ver el espectáculo y quienes eran.
La gente que había en el circo no se reía de los payasos, estaban serios, aunque los payasos intentaban hacernos sonreír e intentar convencernos de que éramos felices allí dentro, ninguno teníamos motivo para ello. Eran unos payasos horribles, y más que dar risa, daban miedo, nunca me gustaron los payasos, cuando era pequeño mi tía Graciela me regaló uno, era un muñeco bastante grande. Mi madre lo puso en mi dormitorio sentado en un sillón enfrente de mi cama, y para colmo mi madre y mi tía le pusieron un nombre: Poncho.
Poncho me miraba por las noches, y yo a él. Yo creo que se levantaba a observarme al lado de mi cama, lo que pasaba, era que yo no abría los ojos, solo lloraba, hasta que un día en que mi madre no estaba en casa, lo eché al contenedor de la basura, pero por el día no me daba tanto miedo y tuve valor para cogerlo de un brazo y deshacerme de él, desde entonces tengo pesadillas con payasos. Poncho aparece con ellos y me dice que se vengará de mí.
Un payaso se acercó al público y me preguntó a mí, que porqué no sonreía.
—No tengo ningún motivo para hacerlo, os habéis quedado con el dinero de mi entrada, pero no me hacéis sonreír  —le dije al payaso.
—¿Acaso creías que la función iba a ser gratis? ¿Quién dijo que las cosas en la vida eran gratis?, aunque aquí todo se sabe, y me han dicho que tú no has pagado tu entrada.
—¿Acaso dudas de mi palabra? —le pregunté al payaso.
—¡Qué más da lo que yo piense!, lo importante es que estás aquí, todos sabíamos que vendrías esta noche. Te estábamos esperando —Me dijo el horrible payaso.
—Sí, seguramente te lo habrá dicho la mujer de la bola de cristal que hay en la entrada, ¡como si yo creyese en esas cosas! —le contesté irónicamente al payaso, que le había dado por reír y no paraba. Y, para colmo, su risa me ponía nervioso.
—Necesitamos que te unas a nosotros también somos artistas, ¡los mejores!, lo nuestro es actuar y que el público nos crea y nos pague por ello. Y si no quieren pagar, tendrán que dejar aquí todas sus posesiones, por las buenas o por las malas, no tienen escapatoria. Por las buenas, lo perderán todo y se quedarán sin nada, aunque les dejaremos ir, por las malas, serán comida para el león, siempre está hambriento, ¿sabes?
—¿Unirme a vosotros? ¿ Para qué? ¿Esto es una broma? ¿Qué lugar es éste? —le preguntaba al payaso, que me dijo que oliera una flor a la cuál acerqué mi nariz, después salió agua y me salpicó en toda la cara. No me contestó y se fue silbando y riendo ¡Mi odio hacia ellos era justificado!

Al poco rato, se acercó a mi lado un hombre de pelo largo color castaño, con barba y bigote, llevaba un sombrero de copa negro y un traje del mismo color, se podía ver debajo de éste una camisa blanca con una pajarita negra.
—¿Sabes quién soy? —me preguntó aquél hombre de mirada oscura. Yo solo lo observaba, pues me encontraba cada vez más extraño en aquél lugar, donde no entendía nada de lo que estaba pasando.
—¿Acaso te has quedado mudo?, está bien, me presentaré. Soy un mago, y puedo hacer que todos tus deseos se cumplan, sabía que vendrías aquí esta noche, todos lo sabíamos.
—Qué yo sepa, un mago de circo no puede cumplir los deseos de nadie, como mucho, hacer algún truco impresionante —le dije al mago.
—Te equivocas, amigo mío. Yo no soy cualquier mago, ni te voy a sacar ningún conejo de la chistera, te hablo de cumplir sueños reales, puedes ser un hombre muy poderoso si lo deseas, solo tienes que estar de nuestro lado, y cuando seas uno de los nuestros, serás muy rico y famoso,  pero solo tienes unas horas para pensarlo, esta es nuestra última función en éste lugar, en unas horas todo esto desaparecerá.
—¿Te refieres a que desaparecerá todo como en el cuento de Cenicienta?, ya son más de las doce tío, aunque lo del conejo no hubiera estado mal una hora antes, ahora ya no tengo hambre, me comí un bocata de calamares no hace mucho —le dije a aquél mago, que me miraba con cara de enfado.
—¿Acaso te estás riendo de mí con tus ironías? —me preguntó el mago.
—Es mi manera de decir las cosas, siempre digo lo primero que se me viene a la cabeza, aunque no como conejo  —le respondí al mago, que me miraba extrañado, y me decía que quedaba poco tiempo, mientras se sacaba un reloj de bolsillo dorado y lo ponía delante de mí, moviéndolo de un lado para otro, mientras podía oír su: tic, tac, tic, tac…
—¿Me estás intentando hipnotizar? —le pregunté al mago, que comenzaba a caerme muy mal.
—¡Sí, te intento hipnotizar! ¡No interrumpas y concéntrate! —me dijo el mago que pretendía hipnotizarme, el muy cara dura.
—Pues mejor para ya ese reloj que lo veo triple, estoy algo mareado de la bebida, te veo tres medias caras, cuatro ojos, dos bocas y tres orejas ¡Y me estás comenzando a cabrear un poco!  ¡Te lo digo muy en serio!— ¡No dejes escapar esta oportunidad de unirte a nosotros!  ¡Piénsatelo!  ¡Piénsatelo! —repetía el mago mientras se alejaba.
Me di dos bofetadas yo mismo, para comprobar que estaba bien despierto, algo borracho, pero despierto, primero en la mejilla derecha, después en la izquierda. Todo seguía igual…

Yo seguía de pie en el mismo lugar, pues no me había movido, pero en mis pies había una luz que parecía decir que la siguiese, si me paraba, ella también se paraba, así que decidí seguirla, aunque todo se quedó muy oscuro, y ya no sabía ni donde estaba, pues la pequeña luz había desaparecido. Segundos después, una gran luz que venía de arriba me iluminaba.
—¡Creo que ha llegado mi hora! —exclamé mientras miraba aquella luz..
No me importaba irme, total, ¡para lo que hay que ver últimamente aquí en la tierra!, lo mismo allí arriba no se estaba tan mal, aunque las chicas malas estarían todas en el infierno… También me preguntaba si habría alcohol, cigarrillos… Necesitaba una botella de whisky, pronto pasaría toda mi vida por delante de mí, era lo que siempre había oído decir ¡Todo era mentira, yo no veía nada!
—¿Dónde estará el túnel que no lo veo?, se supone que tengo que llegar hasta el final, pero si no encuentro la entrada…
Me molestaba aquella luz cenital, que es lo que era en realidad, pues me di cuenta cuando pude pensar con algo de más claridad, algo que no me solía suceder mucho últimamente.
Frente a mí había un espejo de pie, me miré en él, ante mi sorpresa de ver otro rostro que no era el mío. Era un payaso horrible de cara triste que se había apoderado de mi alma. Y llevaba unos zapatos muy grandes. Sentí miedo de mí mismo ¡Me parecía a Poncho! ¡Esta vez, la realidad había superado la ficción con creces! ¡Yo no quería ser uno de ellos! ¡Necesitaba dos botellas de whisky!

Todos estaban allí a mi lado: los payasos, los acróbatas… actuaban juntos, cada cuál con su número, pero en un círculo, y yo estaba en medio. Un malabarista de al menos dos metros de altura, se puso delante de mí actuando. No me gustaba su careto, pero yo estaba asustado, enfadado… tan solo lo miraba sin decir nada, hasta que se le escapó una pelota y me dio en un ojo, pero siguió y no se disculpó. Yo me enfadé y golpeé todas sus pelotas, que salieron rodando. A la gente del circo parece ser que no le hizo ninguna gracia, pues todos se quedaron en silencio y mirándome. Se apartaron y dos de los payasos me amarraron a una tabla redonda a la que le daban vueltas y se divertían riendo a carcajadas mientras yo me mareaba cada vez más. El público también comenzó a reírse y a aplaudir.
—¿Te vas a unir a nosotros? —me dijo de nuevo el payaso de antes.
—Ya os he dicho que no ¡Mil veces no! ¡No quiero ser un payaso!, ¡Quiero ser el de antes!, ¡Sí, un fracasado, pero era yo, era mi vida!  ¡ Dejadme en paz, que estoy muy mareado! ¡Si comienzo a disparar… por la boca, no digáis que no os lo advertí!
—¡Piénsatelo! ¡Piénsatelo! ¡La función está a punto de terminar! —me decía el mago mientras se hacía a un lado y daba paso a un hombre que venía cargado de cuchillos, dirección: hacia donde yo estaba.
Mi cuerpo estaba abierto como si de una tijera se tratase, y el hombre no paraba de lanzar cuchillos ¡Me querían asesinar a sangre fría!
—Ahora si había llegado mi final, estaba claro que era aceptar ser uno de ellos o terminar así  —me dije mientras temblaba y veía la muerte tan de cerca.
—¿Acaso no es lo que querías? ¡Qué más da si tu final es con una pistola o aquí! Éste era uno de tus deseos, todos lo sabemos, aunque tu ambición por el dinero siempre fue más fuerte  —decía el mago. —¡No, no era uno de mis deseos!, solo me ponía la Beretta 92 en la cabeza para ensayar, sentir igual que mis personajes ¡Solo era ficción! ¿No lo podéis entender?  —les dije mientras la rueda de madera paraba de dar vueltas.

Se iluminó el escenario y todos aplaudían… Sí, todos, y comenzaba a ver caras que me eran familiares, como la de mis amigos después de quitarse el maquillaje, pelucas…  Ahí estaban el payaso, el  mago, el mendigo… la mayoría de los del público. Me bajaron de la rueda y cuando comencé a caminar parecía un trompo…
—Pensamos en decirte lo de tu nuevo trabajo de esta manera, solo era una pequeña broma por como te comportaste con nosotros. Sabemos que siempre sales a dar una vuelta a la misma hora todas las noches, era la oportunidad perfecta para poner a nuestros actores en la calle, ellos te siguieron ¿Aceptas el trabajo, Jacob?, será por una larga temporada, pero tendrás que trabajar más ese guión —me dijo mi amigo Mariano, el productor que se había disfrazado de mago.
—Ahora mismo tengo más ganas de estrangularos que de otra cosa ¿Sabéis lo mal que lo he pasado? ¡Si esto es una broma que me hubierais hecho de malas! ¡Nunca más confesaré a nadie mis secretos más íntimos! ¡Vosotros sabíais de mi miedo hacia los payasos! No sabía ya ni donde estaba realmente, pero sí, acepto. Ya sabéis que me hace mucha falta volver a trabajar de nuevo,  y no es lo mismo con amigos (?) que intentarlo en otras productoras, ahí sería otra historia… ¡Pero yo me vi con otro rostro, convertido en payaso! —le dije a Mariano.
—¡Ya sabes lo que es actuar y sus trucos… amigo mío! Ahora bebamos unos tragos, que ya es muy tarde y hay que desmontar todo esto en breve —me dijo Toni, uno de los amigos que invité a abandonar mi humilde hogar aquella noche que me dio consejos sin nadie pedirle su opinión, un director que conocía desde hacía muchos años,  con el que había trabajado varias veces.

Cuando llegué a casa estaba amaneciendo, Coronel dormía en su cama, el muy golfo se habría acostado también tarde. Cogí el sobre con el dinero de mi vecina Rebeca, y lo metí por debajo de la puerta de su casa, después de todo era su dinero, que hiciera con él lo que quisiera…  Me fui para mi casa, me di una ducha y me metí en la cama. Ya no tendría que preocuparme por el trabajo en una larga temporada, así que estaría más tranquilo, o igual no, mi mente nunca descansaba. Y cuando despertase comenzaría un nuevo libro, más o menos sabía el argumento, algo cambiado y con más terror, pero sin Poncho. Quizás con éste género me iría mejor. El título sería:
La Última Función.

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