Emociones

Curarse el alma

En la calle hay un viejo mendigo pidiendo limosna, en sus ojos cansados se puede ver el sufrimiento de su alma, sin expectativas a nada, solo mendigar día tras día y sin un techo donde dormir. A veces, no tiene ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca.
El viejo mendigo siempre está en el mismo lugar, sentado en el suelo, en la esquina de la cafetería. A veces agacha la cabeza, como si no pensase en nada y dejase su mente en blanco, solo mira el suelo, donde tiene tirado su viejo sombrero de panamá, que está muy sucio, aunque un día fue blanco. Y espera a que algún transeúnte le eche alguna moneda.

El viejo mendigo viste con una chaqueta y pantalón de pana de color beige y lleva un cordel por cinturón. La ropa le queda grande, a veces se la dan, y otras, él la encuentra en algún contenedor de la basura. La camisa es a cuadros, en beige y azul, está toda rasgada por las mangas. Lleva unos calcetines de lana en color gris, todos agujereados, al lado, en el suelo, están tirados los zapatos, todos abiertos por delante, y cuando se los pone, le sobresalen los dedos de los pies.
La cabeza del mendigo peina canas de muchos años, sus ojos son pequeños y de un negro intenso; casi siempre frunce el ceño, tiene el carácter avinagrado. Su nariz es aguileña y sus labios son curvados hacia abajo, parecieran estar dibujados; quizás ni recuerde la última vez que sonrió, si alguna vez fue feliz, y si esa felicidad se esfumó, igual que él hizo un día, el día en que decidió que no merecía la pena seguir luchando, pues no podía soportar los malos recuerdos…

Hace días que no se ve el viejo mendigo en la esquina de siempre, ni por ningún otro lugar del barrio. Algunos comentan, que alguien lo subió en un coche de lujo y se lo llevó de allí; otros cuentan que lo ingresaron en alguna residencia de ancianos y/o, que se murió. Pero otro mendigo del barrio aseguró que quién se lo llevó fue su hijo, el del coche de lujo, pues llevaba tiempo buscando a su padre; y que un día, el viejo mendigo le contó su vida:
Era un hombre millonario, muy poderoso, pero que siempre ayudaba a los más desfavorecidos, pues sentía mucha empatía hacia ellos.

Un día, el viejo mendigo se sintió agobiado con tanto trabajo y el estrés, la ansiedad… se apoderaron de él, aún más, cuando murió su esposa. Se sintió prisionero de aquél lugar de lujo al que ya no pertenecía, necesitaba huir de todo aquello y sentirse libre por primera vez en su vida, aunque su familia intentó impedir que se fuese, no lo consiguieron.

Todos esperaban con alegría al viejo mendigo; sus hijos, nueras y nietos, y le hicieron una pequeña fiesta, para celebrar su regreso después de diez años. Al viejo mendigo le caían unas lágrimas sobre la piel oscura de su cara, áspera y arrugada. Se dirigió hacia una pequeña mesa y cogió entre sus manos la fotografía de su esposa —algún día me reuniré contigo— le decía el anciano, pero ese día aún no ha llegado, nuestra familia me necesita, y yo a ellos. Antes, me sentía prisionero, cuando lo tenía todo y necesitaba huir, pero hoy ya me siento libre, y siento mucha paz interior. Y eso hará que viva el resto de mis días feliz, al lado de nuestra familia.

La nieta más pequeña del anciano se acercó a él y le cogió la mano.
—¿Dónde has estado todos estos años abuelo?, mis papás me han hablado mucho de ti, pero yo quería conocerte en persona —le dijo la pequeña.
—He estado curándome el alma —le dijo el anciano a su nieta.
—¿Y ya te la has curado? —le preguntó su nieta.
El anciano soltó una carcajada y le contestó—: sí, en diez primaveras, diez veranos, diez otoños y diez inviernos. Y hoy te encuentro a ti, con nueve años; a tus hermanos y demás primos, algo más mayores. Después de tanto caminar y volver de nuevo a casa, me he dado cuenta de que sois lo más bello que me pudo dar la vida.
La niña se acercó al abuelo y lo besó en la mejilla.
—Gracias por volver, abuelo, yo también te quiero mucho.

Todas las personas somos distintas, no tenemos por qué ser iguales las unas a las otras, pero por el simple hecho de haber nacido tenemos unos derechos básicos que han de ser respetados. Derecho a rechazar peticiones, derecho a tomar nuestras propias decisiones, derecho a estar solo cuando así lo escojas…

Todos tenemos un límite. Una línea sagrada que no debe de ser traspasada por nadie, porque es algo tan personal, que solo nos pertenece a nosotros. Y si nos queremos aislar del mundo, nadie puede impedir que nos distanciemos.

Algunas personas se sienten amenazadas por miedos, se sienten prisioneros, y pueden comprobar cambios internos, necesitan huir… Otras personas experimentan la tristeza que se siente al perder algo o, a alguien. Cuando se siente tristeza, se pierden las ganas de hacer cosas, y se siente que la vida carece de sentido, pero cuando parece ser que todo está perdido, con el paso del tiempo comienza a surgir la esperanza dentro de nosotros, la aceptación, poco a poco va habiendo cambios y comenzamos a ser optimistas, es entonces, cuando nos damos cuenta que, se está curando el alma.

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