Cuento

La senda de las mariposas

Solo basta con cerrar los ojos…foto-de-niñas-con-mariposas-coloridas.jpg

Camino hacia aquél maravilloso lugar, por una senda rodeada de árboles milenarios que parecen querer agarrar un trozo de cielo con sus ramas, aunque nada ni nadie puede llegar hasta lo intangible. Puedo ver el sol en el horizonte. Ellas revolotean delante de mí mientras me conducen hacia su hogar. Yo las sigo sonriendo; en ese instante soy la niña más feliz del mundo, porque junto a ellas, nada ni nadie puede hacerme daño, no existe el dolor, y me olvido de todo…

Si sentí un amor inmenso en éste mundo por alguien siempre fue por mamá, jamás amé a nadie como a ella. Era y es, la mejor madre del mundo, aunque, a veces, me protegía demasiado. Después de comer siempre tenía que echar la siesta, y si venían mis amigos a casa, les regañaba y les decía que yo, no podía salir porque no eran horas… pero aún así me falló. Quizás por el hecho de ser una niña, no creía las cosas que yo le contaba, y algunos adultos no se dan cuentan de que los niños son demasiado inteligentes y no todos mienten.

Eran las cinco de la tarde de aquél caluroso mes de julio, mamá estaba echando la siesta, y yo estaba cansada de estar en mi habitación viendo el televisor, tampoco tenía sueño. Por aquél entonces, yo tenía seis años. Cogí mi pelota y me puse a jugar en el patio de casa. Mi pelota salió rodando calle abajo, pero la verja no era muy alta y pude abrir el cerrojo y salir detrás de ella, que no paraba de rodar, hasta llegar a un rincón oculto donde había una casa vivienda que estaba siempre cerrada. No había más casas al lado de ésta, tampoco se veía a nadie caminar por la calle debido al calor. Me agaché para recoger mi pelota, y mientras me levantaba, podía ver los pies de alguien en el escalón de aquella casa abandonada.

Aquél hombre me miraba y me preguntó que cómo me llamaba, que si quería pasar a su casa y comer chucherías, yo le hice una negativa con la cabeza.
—¿Acaso te doy miedo?  —Me preguntó aquél hombre, mirándome fijamente con los ojos abiertos de par en par.
—No, pero me tengo que ir para mi casa —le contesté, pues en realidad tenía mucho miedo de aquél desconocido.
El hombre iba vestido con una camisa gris de seda y un pantalón negro, sus zapatos eran de un color burdeos muy oscuro, y tenían reflejos negros; el color de su pelo era castaño y lo llevaba engominado y peinado hacia atrás. Su indumentaria no parecía ser barata, aunque en aquél momento, no me di cuenta.
—No importa, ya te encontraré de nuevo, éste lugar es pequeño, y aún faltan unos días para irme de aquí, pero si quieres puedes venir mañana por tu propia voluntad… —me dijo mientras me arrebataba mi pelota de las manos. Podía oír como la botaba muy fuerte mientras yo huía de allí muerta de miedo y llorando.

Cuando entré en casa le conté a mamá todo lo ocurrido…
—¡Te tengo dicho que no salgas sin mi permiso, Lis!, eres muy pequeña para andar sola por ahí… Y no está bien mentir. ¿De dónde has sacado esa historia?  —me preguntó mamá.
—Te digo la verdad mami, mi pelota la tiene el hombre de los ojos grandes; me dijo que me encontraría si no volvía por allí —le dije a mamá mientras me brotaban lágrimas de los ojos.
—La casa a la que te refieres lleva muchos años cerrada, era de un matrimonio mayor, pero un día se marcharon, pues se les quedó grande y según ellos querían comprar una vivienda más pequeña, y su único hijo vive lejos de aquí, junto a su esposa —decía mi madre, pues no había manera de hacerla entrar en razón por más que le repetía que era verdad y que quería mi pelota, ni siquiera mis lágrimas la conmovían.

Me fui llorando hacia mi habitación y me eché sobre la cama llamando a mi padre, aunque yo sabía que él, no podía oírme, pues según me había contado mi mamá, se fue a un sitio mejor un año antes, me dijo que era el cielo, pero antes de irse me dejó de regalo mi pelota, era por eso, por lo que yo no podía perderla. Me acordé de que el hombre de los ojos grandes me dijo que me buscaría, comencé a sentir miedo, así, que no cené ni nada, y me acosté pronto; mamá siempre me apagaba la luz después de que me quedase dormida, pues siempre tuve miedo a la oscuridad, pero esa noche me tapé toda con las sábanas, hasta la cabeza y comencé a jugar con mis pies en la oscuridad de mi cama, los frotaba una y otra vez. Y allí, toda cubierta por las sábanas, pude ver como alrededor de mis pies comenzaron a volar luces pequeñas de todos los colores. Me quedé con la mirada fija y algo sorprendida, pues pensé que eran luciérnagas que se habían metido en mi cama, pero seguí jugando con mis pies, y aquellas luces seguían revoloteando al ritmo en que yo los movía,  yo sonreía y me olvidé por un instante de toda mi amargura. Segundos después, desaparecieron, y fue cuando me di cuenta de que no eran luciérnagas.
—¡No os vayáis!, ¡quiero seguir jugando con vosotras! —les dije —, pero ya no volvieron a aparecer, y pasados unos minutos, me quedé dormida.

Al día siguiente no dejaba de pensar en aquellas luces que jugaron conmigo en los pies de mi cama… ni en mi pelota. Tenía que recuperar el último regalo de papá.
—¿Y si aquél hombre ya no estaba en la casa y había dejado la pelota tirada en la puerta? —tenía que arriesgarme.
Me quedé en la cama, no me apetecía levantarme ni comer nada, le dije a mamá que me sentía mal, en realidad era la verdad.

Cuando llegó la tarde, aproveché la hora en que mamá estaba echando la siesta, y fui de nuevo a aquella casa. Y, efectivamente, era lo que yo había pensado, la pelota estaba en la puerta ¡Pobre ingenua!, cuando la tenía entre mis manos temblorosas y estaba a punto de huir de aquél lugar, el hombre me agarró entre sus brazos y me encerró dentro de la casa. Cuando me soltó, yo parecía un animal asustado, temblando, llorando, abrazando a mi pelota, allí, arrinconada junto a una chimenea de piedra que se estaba cayendo a pedazos.
—¡Ya veo que sí me tienes miedo!, ¡será mejor que dejes de llorar si no quieres ver lo cruel que puedo llegar a ser! —decía aquél hombre malvado—. Yo sabía que si seguía llorando sería peor, pues se pondría más furioso. Limpié mis lágrimas con mis puños cerrados y agaché la cabeza.
—¡Ahora tendrás una nueva familia! —decía aquél hombre.
Comencé a llorar de nuevo y él se enfadaba cada vez más, me arrancó la pelota de mis manos, y con un objeto punzante que había sobre la mesa, la destrozó. Al ver que no me callaba me amordazó y ató de pies y manos.
—Ahora estarás callada  —dijo aquél monstruo—. Después me llevó a un ático muy sucio por el paso del tiempo, había algún que otro mueble tapado con sábanas, daban miedo. Aquel monstruo me sentó encima de un baúl muy alto, mis pies no se podían apoyar en el suelo, pues no llegaban, y las cuerdas me estaban haciendo daño, pues estaban muy apretadas.
Ese hombre me había callado y dejado inmóvil, pero no podía evitar que, desde mi dolor brotase un mar de lágrimas. Llamaba a mamá con el pensamiento, aunque sabía que ella no podía oírme, y quizás, no volvería a verla nunca más.
Desde donde estaba sentada se podía abarcar la parte trasera de la casa, que estaba al lado de la carretera. Aquel hombre estaba metiendo cosas en el coche, entre ellas una maleta, seguramente me llevaría muy lejos;  mis ojos no podían dejar de llorar, solo pensaba en mamá, seguramente me estaba buscando…

Se hizo de noche y el dolor de las ataduras era más intenso, no había comido nada desde el día anterior y me sentía desvanecer, mi mirada estaba fija, perdida en la nada, y fue entonces cuando aparecieron ellas de nuevo, revoloteando delante de mí. Esta vez, aquellas luces se convirtieron en diminutas mariposas de colores cristalinos. Yo les sonreía, y desapareció todo el dolor que sentía, pero segundos después, desaparecieron de nuevo.

Amaneció un nuevo día, yo, apenas tenía fuerzas, sentía mucho dolor, pero sobre todo, en la atadura de los tobillos que estaban muy hinchados, aunque el dolor más grande de todos salía desde el interior de mi pecho.
—Mamá, dije una y mil veces llamándola con el pensamiento, hecha un mar de lágrimas.
Aquel hombre apareció de nuevo, era muy temprano, aún no había salido el sol. Me dijo que parase de llorar o se vería obligado a hacerme daño, después, me envolvió en una manta y me metió en el maletero de su coche, y pude oír como lo ponía en marcha. Jamás regresaría a mi hogar… Yo sentía que no podía respirar y que mis ojos se iban cerrando poco a poco.
Y de pronto podía oír los gritos desesperados de mi madre a lo lejos… Al fin se dio cuenta de que yo no le había mentido…

Aquél hombre aceleraba cada vez más el coche, y se adentró en un bosque de caminos estrechos, me miró, me dijo que me callase y dejase de llorar, y al tomar una curva el coche volcó por un barranco. Cada vez que el coche daba una vuelta, yo sentía que me iba para siempre, hasta que se paró, no sin antes salir despedidos de él.
Mi cuerpo yacía junto a un árbol, pero ya no sentía dolor, ellas estaban allí de nuevo, y yo, me levanté y las seguí sonriendo, por aquella senda que parecía no tener fin. Después, llegamos a un lugar maravilloso, rodeado por un lago de aguas de un azul intenso, como jamás había visto. Las mariposas dejaron de ser diminutas y se convirtieron en bellas mujeres. Una de ellas se acercó a mí sonriéndome dulcemente; era preciosa. Tenía el cabello dorado y muy largo, su piel era pálida y llevaba un vestido largo de color azul, adornado con pequeñas cuencas de cristal.
—Hola, mi pequeña Lis, soy Lesabét, la Reina de las hadas, ven, dame tu mano —me dijo la bella Reina de las hadas.
Caminamos hacia el lago, Lesabét me metió dentro mientras echaba agua en mis heridas, que se iban curando milagrosamente, después, cuando salí del lago, me puso un bello vestido igual que el suyo.
—¿Te gusta tu nuevo vestido, Lis? —Me preguntó Lesabét.
—Sí — le contesté sonriendo, siempre soñé con tener uno igual, ¡es un vestido de princesa!
—Lo sé, pequeña —dijo Lesabét —. Quiero que seas feliz, nunca dejaremos que sufras, eres una niña muy especial y de corazón muy noble.

Yo daba vueltas de felicidad con mi vestido nuevo, mirando hacia el cielo; sonreía, mientras sentía el cálido viento en mi cara; las hadas volaban a mi alrededor… Pasado un rato me ofrecieron fruta, que comí hasta hartarme, pues tenía mucha hambre.
Lesabét me dijo que tenía que regresar.
—Pero yo quiero quedarme un rato más con vosotras, aquí soy feliz —le dije a Lesabét.
—Y feliz serás, pero ya es la hora, nosotras siempre estaremos a tu lado, aunque no puedas vernos.

Todas las hadas me acompañaron de nuevo por la senda convertidas en pequeñas mariposas, yo les sonreía como siempre, después, un destello de luz entró en mis ojos, pues al mirar hacia arriba, el sol me deslumbró, estaba de nuevo en aquel lugar, tirada junto aquél árbol y mamá lloraba junto a mí. Había mucha gente del pueblo, pues al oír los gritos de desesperación de mamá, todos acudieron y salieron detrás del coche de aquél monstruo.
—¡Oh, Lis!, mi pequeña, pensé que te había perdido para siempre, si no llega a ser porque te oí cuando me llamabas, no te hubiera encontrado, entré en aquella casa y tu pelota estaba allí, destrozada, pero mamá te comprará otra ¡Perdóname por no creerte!
Sonreí a mamá mientras pensaba que yo no la había llamado, no podía, estaba amordazada. Habían sido ellas, mis amigas las hadas.
Cuando llegó la ambulancia y me analizaron, pudieron comprobar que estaba bien y que no tenía ni un rasguño, el médico no lo podía creer, nadie podía creerlo; solo yo sabía como habían sanado mis heridas…
Aquel monstruo yacía muerto debajo del coche, no sentí nada; ni pena, ni odio… solo sabía que ya no podría hacerle más daño a ningún niño indefenso. Él era el hijo del matrimonio mayor, el que según me contó mamá, se había cambiado de casa. Su mujer no podía darle un hijo, intentaron adoptar, pero debido al estado psicológico del marido, no se lo dieron, aun siendo gente de mucho dinero. Ese hombre pensó que en el pueblo donde se crió, encontraría a algún niño pequeño jugando por la calle, se lo llevaría con él, después, su mujer y él dirían que era su hijo. Casi lo consigue, aunque por poco me cuesta la vida.

Y después de aquella amarga experiencia, de la cual tardé un tiempo en recuperarme, volví a ser la niña de siempre, aunque nunca olvidaré aquellos días, porque hay malos recuerdos que no se pueden borrar, pero se aprende a vivir con ello.
A ellas, las hadas, no volví a verlas nunca más, pero una mañana encontré encima de mi cama aquél bello vestido que me regaló la Reina Lesabét, y que guardo con mucho cariño, al lado del vestido estaba mi pelota completamente nueva. Aunque a mamá nunca le conté nada, no me creería, quizás, cuando fuese más mayor se lo contaría todo… Y así lo hice hace poco. Mamá no dijo nada, solo me abrazó llorando y me pidió perdón una vez más.

Sé que ellas me cuidan, me observan y velan mis sueños, cuando estoy medio dormida las oigo reír, aunque hace años que no he vuelto a verlas. Sé, que si algún día llego a estar de nuevo en peligro o triste, ellas aparecerán de nuevo y se dejarán ver; quizás como luces de colores o, como pequeñas mariposas, quizás, con su verdadera forma… porque nunca me dejarán sola.
Solo los niños que sufren, que la vida les obliga a crecer antes de tiempo y que, cuando crecemos, aún tenemos a ese niño en nuestro interior, y seguimos sintiendo la magia de soñar, podemos verlas. Y es algo tan mágico y maravilloso que no se puede describir…
También sé, que algún día volveré a estar con ellas para siempre. Y caminaré de nuevo por la senda de las mariposas, porque solo basta con cerrar los ojos…

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Categorías:Cuento, Fantasía

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